El mundo me parece un paraje lejano y mi niñez un lazo al que me aferro con firmeza.
Mi juventud solo acaba de empezar: naces, creces, juegas con tu mundo imaginario y sin comerlo ni beberlo te encuentras ante situaciones que piden responsabilidad y cambios. El mundo te obliga a cambiar y tienes que darte cuenta que no todo es amor loco, alcohol, salidas, fotos, redes sociales.
Hay libros que leer, personas en otros lugares que conocer, idiomas que aprender, carreras que estudiar, personas a las que admirar.
Tu vida es un cúmulo de decisiones tomadas y tu eres parte de la influencia que tengan las decisiones de otras personas en tu entorno. Decisiones, decisiones, decisiones.  Obligaciones, obligaciones y obligaciones. Ese era el mundo adulto, el mundo real. No dormiría con peluches para siempre ni saldría con la misma gente siempre. Cada uno empieza a pensar a su manera, habrá gente con la que se coincida y será una bonita casualidad. Gente con la que ya no funcione y habrá distancia. Supongo que todos crecemos o nos obligan a crecer alguna vez.

Mi mundo cambia y yo tengo que cambiar con él:


qué miedo empieza a dar todo.

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